La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Como iban a permanecer con nosotras ese día, y habían reservado asiento para volver en la diligencia a la mañana siguiente, busqué la ocasión para hablar con el señor Skimpole, y el paseo me proporcionó una ocasión oportuna de hacerlo. Le expuse el asunto y me extendí sobre la responsabilidad que asumían los que animaban al pobre Richard a seguir la deplorable senda que había emprendido.

—La responsabilidad, señorita Summerson —me respondió aquel viejo niño, aferrándose a aquella palabra con la más agradable de las sonrisas—, es una palabra que no se inventó para mí. Nunca he sido responsable de nada, ni podré serlo en mi vida.

—¿No está obligado cada cual a responder de sus actos? —dije con bastante timidez, pues era más mayor y listo que yo.

—Todo el mundo está obligado a eso, pero yo soy una excepción a la regla —respondió riendo.

Después añadió sacando del bolsillo una moneda:

—¿Ve usted esta moneda, señorita Summerson? ¿Qué valor representa? Lo ignoro. Nunca he sabido contar. Me dicen que esto no basta para pagar todo lo que debo. Me lo imagino. Deberé siempre cuanto me quieran prestar. He aquí en pocas palabras cuál es mi carácter. Si esto es lo que llama usted responder uno de sus actos, soy responsable de todo lo que usted quiera.


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