La Casa lugubre
La Casa lugubre El desenfado con el que se metió la moneda en el bolsillo de nuevo y me miraba con una sonrisa en su rostro elegante, como si hubiera estado mencionando algo curioso sobre otra persona, casi me dio la sensación de que era verdad que no comprendía la expresión que había empleado.
—Pero cuando menciona la responsabilidad —prosiguió—, estoy dispuesto a decir que nunca he tenido la dicha de conocer a nadie a quien considerase tan gratamente responsable como a usted. Me parece que es el ejemplo perfecto de la responsabilidad. Cuando la veo, mi querida señorita Summerson, absorta en el perfecto funcionamiento de todo el pequeño sistema organizado en torno a usted, me siento inclinado a decirme (en realidad me lo digo a menudo) ¡eso es responsabilidad!
Insistí, sin embargo, en decirle que esperaba que emplease su influencia sobre Richard para apartarlo de la senda que quería seguir, y le pedí, sobre todo, que no halagase sus deplorables ilusiones.
—Con mucho gusto —contestó—, pero, querida señorita, lo que usted me pide es muy difícil. Ignoro completamente el arte de fingir, y si me lleva a la Cancillería haciéndome ver todas sus ilusiones y me dice: «Alégrese usted conmigo, querido Skimpole», haré lo que me diga. Las personas de buen sentido quizá obrarían de otro modo, pero ya sabe usted que yo no tengo eso que las gentes llaman sentido común.