La Casa lugubre
La Casa lugubre —Es una gran desgracia para Richard —dije.
—Todo lo contrario, señorita Summerson —me dijo Skimpole—. ImagÃnelo usted en compañÃa del buen sentido, en compañÃa de un buen hombre, excesivamente rico, sesudo, práctico, que lleve en cada bolsillo su moneda de diez libras y un talonario de cheques en la mano. En resumen algo asà como un recaudador de impuestos. Nuestro joven amigo, que es extravertido, en quien la poesÃa rebosa como el perfume de una rosa, le dirá a su respetable compañero: «Distingo una perspectiva encantadora, un horizonte magnÃfico. ¿Ve usted, a lo lejos, esas nubes de oro que me atraen y hacia las cuales corro a través del valle?». El buen hombre contestarÃa, dando a nuestro entusiasta con su libro de cuentas, que no ve allà más que honorarios, fraudes, pelucas y togas negras… ¡Qué caÃda tan dolorosa para nuestro pobre Richard! Reconozco que eso es lo positivo, pero es muy desagradable, y de eso no me puedo encargar yo. No tengo el libro de cuentas, y en todos los elementos que componen mi ser no palpita ni un solo átomo del recaudador de impuestos, y no soy lo que llaman un hombre respetable ni siento necesidad de serlo. Puede resultar algo raro, si usted quiere, pero es asÃ.
Comprendà que era inútil toda insistencia y nos reunimos con Ada y Richard, que iban a cierta distancia, y renuncié, desesperada, al señor Skimpole.