La Casa lugubre
La Casa lugubre El señor Skimpole, que acababa de visitar la quinta, nos hizo la descripción de todos los retratos de familia. Ladies Dedlock majestuosas en traje de pastoras, armadas con su cayado y pintarrajeadas para aterrorizar a los campesinos como un jefe de tribu con la pintura de guerra en el rostro. Había un sir Alguien Dedlock en actitud heroica delante de una mina que estalla, un fuerte sitiado, una ciudad en llamas, cañones que vomitan fuego, incendio, ruinas, todo un fondo bélico sobre el que se destacaba el arrogante caballo del no menos arrogante jinete, probablemente para probar que los Dedlock están familiarizados con tales bagatelas. Toda aquella raza a la que representaba había sido en vida, evidentemente, lo que llamaba «gente embalsamada»: una gran colección de ojos de cristal, colocados de la manera más acreditada en sus diversas ramas y perchas, muy correctos, desprovistos de animación y siempre en urnas de cristal.
Yo ya no me sentía cómoda cuando alguien hacía referencia a ese apellido, así que sentí un gran alivio cuando Richard, con una exclamación de sorpresa, corrió al encuentro de un desconocido, a quien divisó viniendo lentamente hacia nosotros.
—¿Qué veo? ¡Si no me engañan los ojos, ahí viene Vholes!
Preguntamos si era algún amigo de Richard.