La Casa lugubre
La Casa lugubre —Su amigo y consejero legal —respondió—, y usted, señorita Summerson, que busca el buen sentido y un aspecto respetable, ha encontrado el hombre que necesita, y ese hombre es Vholes.
Dijimos que ignorábamos que Richard hubiese contratado a otro abogado.
—Cuando se emancipó —dijo el señor Skimpole— se separó de Kenge, y se dirigió, o más bien le puse en relación con mi amigo Vholes.
—¿Lo conocÃa usted hacÃa mucho tiempo? —preguntó Ada.
—Como a otros muchos con quienes he tenido asuntos. Ha sido siempre muy amable conmigo. Es una persona excelente, cuyo trato exquisito he tenido ocasión de apreciar con frecuencia. Me hizo arrestar por no sé qué deuda que alguien pagó, creo que ascendÃa la suma a no sé cuánto y cuatro peniques, he olvidado las libras y los chelines… Después de este incidente, presenté nuestro amigo a Vholes, a instancia suya, por lo que me correspondió una pequeña comisión —añadió el señor Skimpole, sonriendo como si acabase de descubrir algo—. Vholes me sobornó, ¿puede ser? Un billete de cinco libras esterlinas y pico…, sÃ, cinco libras.