La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Interrumpió esas confidencias Richard, quien venía con expresión triunfante, y se apresuró a presentarnos al señor Vholes. Era este un hombre alto, flaco, de unos cincuenta años de edad, hombros altos y encorvados, de cara pálida cubierta de granos rojos, de labios finos y delgados, vestido de negro, con guantes negros y abotonado hasta la barbilla, que tenía menos vida que un autómata y cierta manera de fijar lentamente sus ojos apagados sobre Richard como si quisiera hipnotizarlo.

—Espero, señoritas, no incomodar —dijo con voz hueca y gélida—. He prometido avisar al señor Carstone siempre que la Cancillería se ocupe de su pleito, y, habiendo sabido después de la salida del correo que mañana se trataría en la audiencia la causa, he tomado la diligencia esta mañana para venir a informar a mi cliente.

—Ya ven —dijo Richard con expresión de orgullo— que no tratamos los asuntos con la lentitud de antes. Es necesario activarlos. Señor Vholes, voy a procurarme un carruaje cualquiera para ir al alcance de la posta que tomaremos esta misma tarde, y llegaremos a la ciudad a tiempo.

—Como usted guste, caballero —le respondió el señor Vholes—. Estoy a sus órdenes.


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