La Casa lugubre
La Casa lugubre —Veamos —dijo Richard, consultando el reloj—. Tenemos una hora de tiempo y puedo por lo tanto ir al mesón, pedir el coche, cerrar la maleta y volver a tomar el té. ¿Quieren ustedes, querida prima y Esther, encargarse del señor Vholes durante algunos momentos?
Y se marchó inmediatamente, acalorado y con prisas, y pronto desapareció en la oscuridad de la tarde. Los que quedábamos seguimos caminando hacia la casa.
—¿Es necesaria en el Tribunal la presencia del señor Carstone? —le pregunté al abogado.
—Es completamente inútil —respondió el señor Vholes.
Ada y yo expresamos el pesar que nos causaba verlo correr con tanta vehemencia para ir a recibir un nuevo desengaño.
—El señor Carstone ha dispuesto el principio de que cuidarÃa personalmente de sus intereses —nos dijo el señor Vholes—. Ahora bien, siempre que un cliente nos impone esta regla, la seguimos con escrupulosa exactitud. Mi deseo principal es obrar con franqueza y regularidad en los asuntos. Soy viudo, tengo tres hijas, Emma, Jane y Caroline, y trabajo para asegurar su porvenir… Este sitio parece encantador —continuó dirigiéndose a mÃ.
Le respondà enumerando las bellezas de la región.