La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Tengo la suerte —dijo el señor Vholes— de ser el sostén de mi anciano padre, que vive en Taunton, y la comarca me inspira una admiración especial, pero lejos de mí esperar lo que me encuentro aquí.

Le pregunté, por decir algo, si le hubiera gustado vivir en el campo.

—¡Ah, señorita! Toca usted una cuerda muy sensible. Mi salud es delicada. Tengo las digestiones penosas e iría al campo a descansar si solo pensara en mí. Con tanta más razón cuanto que, absorto por los asuntos propios de mi carrera, he vivido siempre lejos del trato social, especialmente fuera del trato de las señoras, que era con las que más deseaba tratar. Pero con mis tres hijas, Emma, Jane y Caroline, y mi anciano padre, no se me permite el egoísmo. Es verdad que aquí acaban ya todas mis obligaciones, mi abuela murió el año pasado a los ciento y dos años de edad, pero me queda aún bastante que atender como para tener necesidad de sacar agua de la noria.

Sus modales desganados y sus palabras internas, por llamar así a su forma de hablar, exigían cierta atención de parte del auditorio.

—Perdonen —prosiguió— si les hablo así de mis hijas. Son mi debilidad. Mi único y exclusivo deseo es dejarles un nombre respetable y una modesta fortuna que les asegure una honrosa independencia.


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