La Casa lugubre
La Casa lugubre Llegamos a casa del señor Boythorn, donde nos esperaba el té. Richard entró pocos instantes después, agitado y con prisas, y le dijo algo en voz baja al señor Vholes. El señor Vholes replicó en voz alta (o tan alta, supongo, como respondía a cualquier cosa):
—¿Vamos juntos? Como usted guste, caballero. Estoy a sus órdenes.
Comprendimos que el señor Skimpole ocuparía al día siguiente, por sí solo, los dos asientos que había reservado y pagado Richard el día anterior. Como Ada y yo estábamos con poco ánimo por el asunto de Richard y muy apenadas por separarnos de él, dijimos tan claro como era educadamente posible que dejaríamos al señor Skimpole en el Dedlock Arms y que nos retiraríamos cuando los nocturnos viajeros se hubiesen ido.
Pero el buen humor de Richard se llevaba todo por delante, y nos fuimos todos juntos a la cima de la colina que dominaba el pueblo, donde había encargado una calesa y donde nos encontramos con un hombre, linterna en mano, que tenía en la otra las bridas de un caballo muy flaco.