La Casa lugubre
La Casa lugubre Todavía me parece ver a los dos viajeros sentados en el fondo de la calesa. Richard, con la mirada ardiente, la sonrisa en los labios, cogiendo las riendas y agitando el látigo mientras nos saludaba, con embriaguez, y el señor Vholes impasible, con su levita negra abotonada hasta la barbilla y mirando a Richard como hipnotiza la serpiente a su presa. No he olvidado todavía aquella noche sombría y calurosa, surcada de relámpagos, aquella carretera polvorienta, encerrada entre dos hileras de árboles inmóviles y negros, y aquel caballo escuálido y blanquecino que con las orejas gachas los arrastraba hacia Jarndyce contra Jarndyce.
Nos retiramos. Ada, infeliz criatura, me dijo entonces que, en adelante, próspero o arruinado, con amigos o solo, tendría más que nunca necesidad de amor, y que encontraría un corazón fiel que lo amaría, tanto más cuanto más sufriera, y que, aunque él llegara a olvidarla en medio de sus errores, ella se acordaría de él eternamente, pues no ansiaba mayor placer en el mundo que dedicarle toda su vida y consagrarse a su felicidad.
¿Y mantuvo su palabra?
Miro el camino que hay ante mí, cuando la distancia ya se acorta y se hace visible el final del viaje, y, buena y sincera sobre el mar muerto del pleito de la Cancillería y de toda la fruta cenicienta que arrojó a tierra, creo poder ver a mi amiga.