La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Si le he suplicado que me concediera una entrevista —le dije, sin dejarle comprender que había advertido su turbación—, es porque he pensado que era preferible venir aquí que ir al bufete del señor Kenge. Acordándome de lo que me dijo usted en la Casa lúgubre, me temía, señor Guppy, que de lo contrario podría ponerlo a usted en un aprieto.

—Señorita Summerson —balbuceó el pobre joven, cuyo embarazo había llegado a su culmen—, yo…, perdone usted…, pero en nuestra profesión la franqueza es necesaria; acaba de recordar una circunstancia en que tuve el honor de…, de hacerle una declaración que…

Se llevó la mano al cuello como si le ahogase alguna cosa, tosió dos o tres veces, trató en vano de tragar lo que le estorbaba, volvió a toser, puso muecas de nuevo, miró a su alrededor, y removió sus papeles.

—He tenido una especie de vértigo, señorita —explicó—, que se ha apoderado de mí. Yo…, un asuntillo de esta clase…, ¡madre mía!

Le di un poco de tiempo para que se recuperase. Lo pasó llevándose la mano a la frente y quitándola de allí, y apoyando su silla en la esquina que tenía detrás de él.


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