La Casa lugubre
La Casa lugubre Le presenté a Caddy, y el señor Guppy dijo que todos mis amigos eran más que bienvenidos, y dirigiéndome, después, al señor Guppy, le pregunté:
—¿Ha recibido usted la carta que le envié?
En vez de contestar sacó la carta del bolsillo, se la llevó a los labios y la besó respetuosamente.
Su madre acentuó su sonrisa y le dio un codazo a Caddy, pero hizo aún más cuando pregunté al joven:
—¿Puede concederme algunos minutos de conversación a solas?
No he visto nada comparable a la alegría de la señora Guppy, cuya cabeza rodaba sobre sus hombros en medio de una risa muda de las más singulares, y empujando a Caddy con el codo, en medio de la embriaguez de su alborozo, se retiró con evidente pesar conduciendo a mi buena amiga a la habitación contigua.
—Señorita Summerson —me dijo el señor Guppy—, perdone a una madre la impresión algo viva de los sentimientos que le inspira la felicidad de su hijo.
No hubiera creído que fuera posible ponerse tan colorado como se puso el señor Guppy cuando levanté mi velo.