La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Y a Old Street Road fuimos, y allí preguntamos por la señora Guppy en la casa de la señora Guppy. Como la señora Guppy ocupaba lo que antes habían sido los salones y de hecho había corrido el visible peligro de romperse como una nuez en la puerta del salón de la fachada, por mirar antes de que preguntásemos por ella, se presentó precipitadamente en el rellano de la puerta y nos invitó a subir. Era una señora anciana, de nariz colorada, con una enorme cofia, los ojos en incesante movimiento y que estaba siempre sonriendo.

Nos introdujo en un saloncito que olía a cerrado y cuyo adorno principal era el retrato de su hijo, mucho mejor parecido que el propio original, lo cual era debido sin duda a lo que había insistido el artista en las facciones de su modelo. No solo el retrato, sino también el mismo Guppy estaba allí con su abigarrado traje, leyendo documentos legales, con la frente apoyada en la mano y el codo sobre la mesa.

—Este salón, señorita Summerson —dijo levantándose—, será en adelante un oasis. Madre, tenga la bondad de darle una silla a la otra señora y de no ponerse en medio.

La señora Guppy fue a sentarse en un rincón y, sin cesar de sonreír, se aplicó el pañuelo sobre el pecho y lo sostuvo con ambas manos como un apósito.


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