La Casa lugubre
La Casa lugubre ¿No era la cosa más extraordinaria del mundo que el último de los caballeros hubiese podido vencer todos los obstáculos para llegar a liberar al señor Jellyby de las amarguras de la Borrioboola-Gha?
—Peepy era el que me preocupaba más respecto al señor Turveydrop —prosiguió Caddy—, pero, por el contrario, la bondad del caballero para con ese niño es imponderable. Le permite que le traiga el periódico, le da siempre lo que le sobra de su tostada, lo utiliza para mil recados y le dice que venga a por monedas de seis peniques… En una palabra —añadió Caddy—, soy la más feliz de las mujeres y serÃa una ingrata si no apreciara toda mi suerte. ¿Adónde vamos, Esther?
—A Old Street —dije—, donde he de hablar dos palabras con un pasante de abogado. Es la primera persona con quien hablé cuando llegué a Londres, y precisamente él fue quien me condujo a su casa de usted.
—Entonces es muy natural que sea yo quien la acompañe a la suya —dijo Caddy.