La Casa lugubre
La Casa lugubre —El señor Turveydrop lo siente infinitamente —me dijo Caddy—, pero no ha terminado todavÃa de vestirse y no podrá venir a saludarla. Lo siente en el alma porque la admira a usted de verdad.
Respondà que le agradecÃa la buena opinión que habÃa formado de mÃ, y creà inútil añadir que no querÃa molestarle.
—Necesita mucho rato y gran cuidado para vestirse —prosiguió Caddy—. Ya sabe usted que tiene que sostener su reputación de elegante y presentarse en público con la decencia correspondiente a su categorÃa. No puede usted figurarse lo amable que es con mi padre; le habla del prÃncipe regente durante horas enteras, y mi padre le escucha con atención e interés.
La idea del señor Turveydrop desplegando todas las gracias de su apostura como lo expresaba Caddy me divertÃa muchÃsimo.
—¿Y consigue hacer hablar a su padre? —le pregunté.
—¡Oh! Eso no. Él es siempre quien habla y papá se limita a escucharle, con un placer del que no tiene usted la menor idea. Congenian de tal modo que mi padre, que siempre habÃa mirado con horror el tabaco, toma regularmente una pizca de la caja del señor Turveydrop y lo sorbe durante toda la velada.