La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Bailamos durante una hora con mucha gravedad. El más adelantado de los niños, el que ensayaba en la cocina mientras hablábamos, hacía prodigios con los pies y con las manos. Caddy, observando a su marido, y evidentemente basándose en él, añadía a lo que había aprendido una gracia encantadora, que le era natural y que formaba con su linda cara un conjunto muy agradable. Prince tocaba el violín, y la niña del vestido de gasa, haciendo muecas a los desgraciados niños que ni siquiera la miraban, era digna de figurar en un cuadro.

Al cabo de una hora, cuando terminaron los ejercicios, el marido de Caddy se dirigió a un colegio que se estaba fuera de la ciudad, donde lo esperaban otras lecciones. Caddy fue a ponerse el chal y el sombrero para acompañarme, y dos de los aprendices externos, después de haber ido a cambiarse el calzado y a molestar, con bromas pesadas, a su compañero, según podía juzgarse por las quejas de la víctima, volvieron a la sala donde me hallaba, sacaron del bolsillo un pedazo de pan con fiambre, y se sentaron a almorzar debajo de una de las liras pintadas que adornaban las paredes. La niña sacó de su raído bolso de terciopelo un par de zapatos rotos por la punta y los cambió por sus zapatillas de baile.

—¿Te gusta la danza? —le pregunté.

—Sí, pero no con los niños —respondió saliendo de la sala con un mohín de repugnancia y desprecio.


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