La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Si supiera usted cuánto placer me causan sus palabras! ¡A usted debo todo esto! ¡Qué cambio ha logrado usted en mí! ¿Se acuerda de la primera vez que me vio con los dedos manchados de tinta y huraña, como una bestezuela, sin domesticar? ¿Hubiera usted creído que llegase nunca a ser profesora de baile?

Prince, que había ido, entretanto, a dar una lección, volvió para ocuparse de sus aprendices.

—Disponga de mí si quiere salir —me dijo Caddy, a quien había propuesto hacer un paseo juntas.

Pero aún era temprano, y me agregué a ella para figurar en la cuadrilla que se iba a formar.

Aquellos cuatro aprendices, eran, en efecto, las criaturas más peregrinas que podían imaginarse: una niña flaca y pálida con vestido de gasa y un sombrero muy viejo de tul, que llevaba sus zapatitos dentro de un viejo bolso de terciopelo, raído hasta el cordón; y tres niños, que el baile ponía melancólicos, con los bolsillos rebosantes de cordeles, cromos y guijas. ¡Sus piernas eran deformes, y sus medias, en el estado más lamentable, dejaban al descubierto dedos y talones! Le pregunté a Caddy cuál podría ser el motivo que había inducido a sus padres a darles aquella profesión, y me contestó que lo ignoraba, que probablemente los destinaban al teatro, a no ser que quisieran hacer de ellos profesores. Todos pertenecían a familias pobres, y la madre del interno era una vendedora ambulante.


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