La Casa lugubre
La Casa lugubre Caddy se divertÃa mucho con la sorpresa que yo manifestaba al oÃr estos detalles, y añadió, jovialmente:
—Ya comprenderá usted qué dicha serÃa para mà si supiese tocar el piano y el violÃn. Por consiguiente, estudio esos dos instrumentos, además del baile, y si mi madre hubiera sido como todas las demás, hubiese aprendido música, pero ni siquiera tenÃa la menor noción de ella. Confieso que cuando empecé el solfeo estaba muy desanimada. Afortunadamente, tengo buen oÃdo, y gracias a mi madre estoy acostumbrada a trabajar mucho. Por otra parte, como dice el refrán: «Querer es poder».
—Abrió entonces un piano desvencijado y se puso a tocar con entusiasmo un paso de lanceros. Cuando acabó, se levantó, radiante de alegrÃa, y me dijo, ruborizándose:
—No se rÃa usted de mÃ, querida Esther; ¡hace tan poco tiempo que empecé!
Menos ganas tenÃa de reÃr que de llorar, pero reprimà las lágrimas, y la alenté, con todo mi corazón, elogiándola sinceramente, porque sentÃa en conciencia que la compasiva tarea que habÃa emprendido valÃa tanto como una misión, y habÃa tanto mérito en el ánimo y en la perseverancia que desplegaba en sus estudios, como en todos los discursos de los filántropos.