La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Mucho, porque además estudio, para llegar a enseñar: es un secreto que le confío a usted. Prince tiene una salud muy delicada, necesita quien lo ayude, y se cansa mucho con los cursos, las lecciones particulares y los aprendices.

Me pareció tan extraña la palabra «aprendiz» con respecto al baile, que pregunté a Caddy si tenía muchos.

—Cuatro —me contestó—, un interno y tres externos; unos buenos muchachos que cuando están juntos piensan más en jugar que en trabajar, lo cual es muy propio de su edad. Se les sitúa como se puede en los extremos de la sala, y ahora mismo, mientras le estoy hablando a usted, el muchacho que ha visto, baila solo en la cocina.

—¿Cómo solo?

—Sí, para ejercitarse. Se les enseñan los pasos, y luego van a estudiarlos a solas. Después, vienen a la academia a tomar una lección general, que, en esta época del año, se da a las cinco de la mañana.

—¡Qué manera de trabajar! —exclamé.

—Sí, mucho trabajo —me dijo sonriendo—. Cuando los pobres niños nos despiertan por la mañana (la campanilla está en nuestro cuarto para que no la oiga mi suegro), y cuando, al abrir la ventana, los veo en la puerta con los zapatos debajo del brazo, me acuerdo siempre de los deshollinadores.


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