La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El señor Turveydrop estaba todavía en cama a aquella hora. Caddy le preparaba su chocolate, desayuno que debía servirle al caballero un pobre muchacho, auxiliar de Prince. Caddy me dijo que su suegro la trataba con mucha amabilidad y que vivían en envidiable armonía, esto es, que el señor Turveydrop hacía excelentes comidas y ocupaba una sala espaciosa y cómoda mientras ella y su marido comían como podían y dormían en un cuarto oscuro y destartalado, situado encima de unas caballerizas.

—¿Y cómo está su mamá, Caddy? —dije.

—La veo pocas veces —me contestó ella—, pero tengo noticias de ella por mi padre. Ahora somos muy amigas, solo que cree que es un absurdo que me haya casado con un maestro de baile, y tal vez teme contagiarse de ello viniendo a mi casa.

Me chocaba que, si la señora Jellyby hubiera cumplido con sus deberes y obligaciones naturales en lugar de barrer el horizonte con un telescopio en busca de otros, hubiera podido tomar todas las precauciones contra ese absurdo, pero no necesito decir que me lo guardé para mí.

—¿Y su padre, Caddy?

—¡Oh!, él es muy distinto. Viene todas las noches y se siente tan feliz a nuestro lado que causa placer el verle.

—¿Y tiene usted mucho que hacer, Caddy?


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