La Casa lugubre
La Casa lugubre —Hablando con franqueza, Tony —dice el señor Guppy—, no me siento muy animado a volver a esa casa, y no he vuelto, pero yendo contigo ya serÃa otra cosa, por eso te he ofrecido ayudarte a trasladar tus efectos. Creo que ha llegado la hora, Tony —añade el señor Guppy—. Es necesario —continúa el señor Guppy, que despliega una elocuencia misteriosa y tierna— que te repita, Tony, el cúmulo de circunstancias imprevistas que han alterado aquella imagen, que estaba grabada en mi mente, y han modificado mis más caros proyectos. La imagen se hizo pedazos, el Ãdolo cayó de su alto pedestal; por lo tanto, mi único deseo relativo a esos papeles que tanto codiciaba es el de destruirlos si los encuentro y sepultar sus cenizas en el más profundo de los olvidos. ¿Crees, Tony, con lo que conoces el carácter extraño del que fue presa del elemento Ãgneo, crees que realmente guardó esos papeles después de enseñártelos y que se salvaron de las llamas?
El señor Weevle reflexiona durante algunos momentos, mueve la cabeza y no cree que se salvasen los papeles.