La Casa lugubre
La Casa lugubre En dos ocasiones en que fue llamado un trapero a cargar un carretón de papeles viejos, ceniza y botellas rotas, todo el vecindario se reunió para huronear en los fardos que se llevaban. Los dos ilustres reporteros, cuya hábil pluma escribe las gacetillas de los periódicos, recorren los contornos, a todas horas, evitando, sin embargo, el encontrarse, pues cada cual, trabaja, ahora, por su propia cuenta. El regente del Sol’s Arms explota, hábilmente, el interés dominante, para atraer a la multitud a sus veladas nocturnas, y el diminuto Swills, cuyas alusiones de actualidad están expresadas en un lenguaje convencional que se ha hecho célebre, es saludado con estrepitosos aplausos e improvisa sobre Smallweed y su familia, con una facundia digna de todo elogio. La misma la señorita Melvilleson en su recital de la melodÃa escocesa «Todos damos cabezadas», vuelve de tal modo la cabeza con malicia hacia la casa vecina, acentuando esta frase: «A los perros les gusta el buen caldo», que se la hacen repetir siempre, porque significa con toda claridad que el señor Smallweed tiene afición al dinero.
Pero nadie ha podido descubrir nada, y, como dicen la señora Piper y la señora Perkins, el antiguo inquilino del señor Krook (cuya llegada provoca una reunión general) es un motivo más para que se quiera saber todo.