La Casa lugubre
La Casa lugubre El señor Weevle y el señor Guppy, seguidos de las miradas y de la curiosidad de todo el vecindario, llaman a la puerta de la casa del difunto, donde su admisión imprevista les hace perder inmediatamente la popularidad que habían adquirido, y sospecha todo el mundo de sus intenciones.
Están cerradas todas las ventanas de la casa adonde entran, y en el piso bajo reina la más completa oscuridad. Introducidos, de pronto, en aquella penumbra y viniendo de fuera donde brilla el sol, nuestros dos amigos andan un rato a tientas, pero, poco a poco, se hacen distintos los objetos que les rodean y reconocen al abuelo Smallweed acomodado en un sillón, cerca de un montón de papeluchos, donde la virtuosa Judy, hundida hasta la cintura, registra con ardor: no lejos de ella, la señora Smallweed, sentada en el suelo, desaparece bajo un montón de documentos, que probablemente le ha lanzado a la cabeza su afectuoso marido. Todos los individuos de la familia, sin exceptuar a Small, están cubiertos de un polvo negro que les da cierto aspecto infernal relacionado con el sitio en que se encuentran, más sucio, más revuelto que nunca y que conserva aún las huellas fúnebres que dejó el difunto.