La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Ajá! —cacarea el viejo Smallweed, viendo entrar a los dos amigos, cuya llegada suspende las pesquisas de Judy—. ¿Cómo están ustedes, señores, cómo están? ¿Viene usted a buscar sus efectos, señor Weevle? Nos hubiésemos visto obligados a venderlos, caballero, para pagar los gastos de almacenamiento, si los hubiera dejado mucho más. DirÃa que se siente usted como en su propia casa de nuevo. Me alegro mucho de verle, amigo, me alegro mucho.
El señor Weevle le da las gracias al señor Smallweed y mira en torno suyo; los ojos del señor Guppy siguen la mirada del señor Weevle, que vuelve al punto de partida sin haber descubierto nada. Los ojos del señor Guppy hacen lo mismo y encuentran los del señor Smallweed.
—¿Cómo está usted? —repite el viejo—. ¿Cómo…?
Se para bruscamente, como una caja de música que ha terminado la cuerda. Un profundo silencio sucede a las palabras automáticas del viejo avaro, y el señor Guppy da un salto al ver delante de él al señor Tulkinghorn, impasible en la sombra y con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Este caballero tiene la bondad de ayudarme como consejero legal —dice el señor Smallweed, para responder a la sorpresa que manifiesta el señor Guppy.