La Casa lugubre
La Casa lugubre —Tiene usted amigos de alta alcurnia, entra en los opulentos palacios y le reciben elegantes damas. ¿Sabe usted, señor Guppy, que hay muchas personas en Londres que para hallarse en el puesto de usted sacrificarÃan ambas orejas?
—Caballero —responde el señor Guppy, que darÃa tal vez las suyas, encendidas como dos ascuas, para hallarse en el puesto de dichas personas—, si cumplo todos los deberes que exige mi profesión y si Kenge y Carboy no tienen queja de mÃ, me importa poco que le preocupe a nadie, ni aun al mismo señor Tulkinghorn, de Fields, el que yo tenga tales o cuales amigos. Perdone, caballero, si no doy más explicaciones: lo digo con todo el respecto que me merece y sin ánimo de ofenderle.
—No lo dudo —replica el señor Tulkinghorn, con calma—. Veo, por esos retratos —añade dirigiéndose al señor Weevle— que le inspiran gran interés las damas de alto copete, es una virtud común a casi todos los ingleses —observa el señor Tulkinghorn.
Está de pie junto a la chimenea, con la espalda hacia esta, y ahora se da la vuelta con las gafas puestas.
—¿Quién es esta? ¡Ah! Lady Dedlock. Está muy conseguido este retrato, pero le falta carácter. ¡Buenos dÃas, señores, buenos dÃas!