La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Chesney Wold la restablecerá, Thomas —contesta la señora Rouncewell, con una mezcla de satisfacción y orgullo— no hay sitio más sano, y hay el aire más puro que existe.

Thomas tiene, probablemente, una opinión diferente, es probable que la insinúe por la forma en que alisa su lustroso cabello desde la nuca hasta las sienes, pero se guarda muy bien de expresarla, y baja a la cocina, donde se harta de empanada de carne y de cerveza.

Thomas es el humilde precursor que se adelanta a su amo, como el pez piloto que precede al tiburón.

En efecto, sir Leicester y milady llegan al día siguiente por la tarde, acompañados de sus numerosos criados y seguidos muy pronto de una multitud de parientes que acuden de todos los puntos del país. De ello resulta que durante varias semanas se ven vagar por todo el país, especialmente por los sitios en que Doodle se prodiga en lluvia de monedas de oro y raudales de cerveza, misteriosos caballeros que en realidad no son sino esos seres de carácter bullicioso que acompañan al político por todas partes sin hacer nada.

Sir Leicester reconoce en semejante ocasión la ventaja de tener una extensa parentela. Nadie hace mejor papel en una comida de caza que el distinguido Bob Stables y difícilmente se encontrarían ciudadanos de la vieja Inglaterra más dispuestos a correr de mitin en cabina electoral como lo están los demás primos del barón.


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