La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Se aducen diversas opiniones en contra como la de Volumnia, que no admite que una gran señora pudiera tener semejante conducta, y rechaza los hechos como imposibles. La mayoría tiende a apoyar los sentimientos del primo melancólico, que los expresa en pocas palabras: «No hay derecho…, compatriota infernal de Rouncewell». En cuanto al barón, se acuerda de Wat Tyler y prevé una serie de cataclismos que están en el programa de su política.

Luego la conversación languidece. Hace muchos días que se acuestan tarde en Chesney Wold desde que comenzaron los gastos necesarios en otras partes, y esta es la primera velada de todas que pasan en familia. Pasadas las diez, sir Dedlock le ruega al señor Tulkinghorn que llame para que traigan velas, y una oleada de luz penetra en el salón. Milady se aparta de la ventana y se acerca a la mesa para beber un vaso de agua, y una nube de primos, guiñando los ojos como murciélagos cegados por la claridad, se precipitan hacia la mesa para servir a milady, y Volumnia (siempre dispuesta a algo mejor si es posible) se toma otro, un sorbito diminuto con el que se contenta. Lady Dedlock, grácil, dueña de sí, seguida por miradas de admiración, pasa muy lenta y morosamente al lado de esa ninfa, que gana muy poco con la comparación.


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