La Casa lugubre
La Casa lugubre La cólera, el temor y la vergüenza están a un tiempo en lucha en su corazón. Las tres luchan entre sí. «Pero ¿qué poder tiene esa mujer —piensa el señor Tulkinghorn—, para dominar el odio de esas pasiones desencadenadas?» Esos son los pensamientos que se forman en el señor Tulkinghorn cuando la mira, con las cejas grises y enmarañadas un poco más fruncidas que de costumbre ante su mirada.
—No, lady Dedlock. No es más que una hipótesis surgida por la arrogancia inconsciente con que sir Leicester trataba el tema. Pero podría ser una realidad si los padres de esa joven supiesen… lo que sabemos.
—¿Quiere decir que no saben nada aún?
—No, milady.
—¿Puedo poner a salvo a la pobre niña antes de que lo sepan?
—No sé, milady —dice el señor Tulkinghorn—, no podría contestar a esto.
La fuerza de esta mujer es verdaderamente sorprendente, piensa el señor Tulkinghorn, que sigue todos los movimientos de su víctima con curiosidad.