La Casa lugubre
La Casa lugubre —Caballero, voy a ver si consigo explicarme con más claridad —dice lady Dedlock, obligada por el momento a concentrar todas sus energÃas en sus labios, para poder hablar con precisión—. No discuto su hipótesis, la admito. Comprendà cuando vi al señor Rouncewell que, si hubiera sabido la verdad sobre mi historia, habrÃa considerado a la pobre niña manchada por haber sido durante un momento, a pesar de la mayor de las inocencias, el objeto de mi gran y distinguida protección. Pero me intereso…, o más bien, dado que ya no pertenezco a esta casa, me interesaba por ella y, si respeta aún bastante a la mujer que tiene a su merced como para recordar el interés que se tomaba por esa joven, le quedará agradecida por su compasión.
El señor Tulkinghorn, que escucha con atención, aparta de sà la frase encogiéndose de hombros para disminuir su propia importancia, y frunce un poco más el ceño.
—Me ha preparado para la deshonra que me espera —prosigue milady—, y le doy las gracias por su discreto aviso. ¿Tiene algo que pedirme? ¿Tiene alguna proposición que hacerme? ¿Puedo evitarle a mi esposo algún tormento y librarle de alguna dificultad judicial garantizando con mis propias confesiones la exactitud de su descubrimiento? DÃcteme usted. Estoy dispuesta a escribir lo que quiera. Estoy lista.