La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Y lo haría, piensa el procurador, viendo la decisión con que milady toma la pluma.

—Lady Dedlock, tenga piedad de usted misma.

—Llevo mucho tiempo esperando esto. No necesito la piedad de los demás ni la mía, señor Tulkinghorn. No podrá causarme ya más mal del que me ha hecho. Continúe, caballero, haga todo lo que se ha propuesto.

—Lady Dedlock, no hay nada que hacer. Voy a decirle unas palabras cuando haya terminado.

Su necesidad de observarse uno al otro debería haber acabado ya, pero lo siguen haciendo de forma constante. El cielo está cuajado de estrellas, y sus pacíficos resplandores descienden hasta ellos, la noche es serena, todo descansa, los bosques duermen bajo la claridad de la luna, y la vieja mansión tiene la placidez de un sepulcro. ¡Un sepulcro! ¿Dónde está el sepulturero destinado a enterrar ese secreto con todos los demás que guarda el pecho del señor Tulkinghorn? ¿No existe aún? ¿No se ha forjado aún su pala? Preguntas extrañas, sin duda, pero menos extrañas, quizá, bajo la mirada de las estrellas en una noche de verano…

—No hablo de pesares ni pienso arrepentirme de ninguno de mis sentimientos —continúa lady Dedlock—. Es mejor callarlos ante quien no sabría comprenderlos. No hablemos de eso, pues no es propio para sus oídos.

El procurador finge un aire de protesta, pero ella le contiene con ademán desdeñoso.


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