La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—De otras y muy diferentes cosas he venido a hablarle. He de decirle que mis joyas están en el lugar acostumbrado, así como mis vestidos, mis encajes y todo cuanto me ha pertenecido. Solo llevo conmigo una exigua cantidad de dinero. Me he puesto unos vestidos que no son míos para evitar que me conozcan, y parto de esta casa adonde no volveré jamás. Hágalo saber así: es lo único que le pido.

—Perdone, milady —dice el señor Tulkinghorn, imperturbable—, pero no estoy seguro de haber comprendido.

—Digo que me marcho ahora mismo de Chesney Wold y que nadie volverá a saber más de mí.

Y se levanta, pero él, impasible, y sin cambiar de actitud, niega con la cabeza sin mover la mano del respaldo de la silla ni del chaleco anticuado y la pechera de la camisa.

—¿Que no me marche? —dice milady.

—No —responde el señor Tulkinghorn.

—¿Sabe qué alivio supondrá mi desaparición? ¿Ha olvidado usted que mi presencia es una deshonra para esta casa?

—De ningún modo, lady Dedlock.

Milady se dirige hacia la puerta, sin dignarse contestarle, y va a salir, cuando el señor Tulkinghorn le dice, sin hacer el menor movimiento y sin alzar siquiera la voz:


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