La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Tenga la bondad de escucharme, lady Dedlock. Antes de que llegue a la escalera habré tocado la campana, habré despertado a todos los de la casa, y hablaré delante de todo el mundo, hombres y mujeres, amos y criados.

Se ve dominada, se siente desfallecer, se estremece y se lleva la mano a la frente. Esto sería para cualquier otro un signo muy incierto, pero la experta mirada de Tulkinghorn no se equivoca: ha visto aquella indecisión y comprende su triunfo.

—Dígnese escucharme, lady Dedlock —repite el procurador, señalándole el sillón que ocupara pocos momentos antes.

Ella vacila, pero él vuelve a señalarle el sillón y milady se sienta.

—Lady Dedlock, nuestras relaciones son de un carácter penoso, pero, como no he sido yo quien tiene la culpa de ello, no trataré de disculparme. Sabe usted muy bien cuál es mi posición al lado de sir Leicester para que pueda suponer que no haya adivinado usted, hace mucho tiempo, que me correspondía a mí, naturalmente, hacer este descubrimiento.

—Hubiera hecho mejor con marcharme, caballero —responde milady, mirando al suelo—, no debía haberme detenido. No tengo nada más que hablar con usted.

—Perdone, lady Dedlock, si vuelvo a pedirle un momento de atención.


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