La Casa lugubre
La Casa lugubre —Además, debe considerarse el asunto —continúa— desde otro punto de vista. Sir Leicester la ama a usted hasta el delirio y serÃa capaz, aun sabiéndolo todo, de no saber vencer la ceguera que tiene con usted. Llevo las cosas hasta el extremo, pero todo es posible, y, por si acaso vale más que lo ignore por mà y por el sentido común. Todo esto merece ser tomado en consideración y por lo tanto es muy difÃcil formar una decisión.
Milady continúa mirando a las estrellas, que empiezan a palidecer y cuya frÃa luz parece haberla helado.
—La experiencia me ha demostrado siempre —prosigue el señor Tulkinghorn, metiéndose las manos en el bolsillo mientras reflexiona maquinalmente en las consecuencias prácticas— que la mayor parte de la gente obrarÃa con prudencia permaneciendo solteros, porque el matrimonio es en el fondo la causa principal de sus disgustos. Asà lo creÃa yo cuando se casó sir Dedlock, y asà lo vengo creyendo actualmente. Pero volvamos a nuestro asunto. Las circunstancias decidirán mi conducta a seguir. En cuanto a usted, milady, le suplico que haga lo que ha hecho siempre y yo haré lo mismo.
—¿He de arrastrar dÃa tras dÃa mi vida, pendiente constantemente de sus caprichos? —pregunta ella mirando al cielo distante.
—Me temo que sÃ, lady Dedlock.