La Casa lugubre
La Casa lugubre —Cuando hablo de sir Leicester —prosigue muy seco— pienso igualmente en la familia; la baronÃa y Chesney Wold, los antepasados y el patrimonio son inseparables de sir Leicester. ¿Tengo acaso necesidad de decÃrselo, lady Dedlock?
—Continúe usted, caballero.
—Es preciso —dice el señor Tulkinghorn, que sigue exponiendo su caso monótonamente—, pues, que no se haga público el secreto. ¿Qué sucederÃa si sir Dedlock, al saberlo, muriese de pesar o se volviese loco? ¿Cómo explicar el cambio que habrÃa en su conducta si, por ejemplo, le dijese mañana quién era la mujer de quien le hablaba? Entonces la historia se escribirÃa en las paredes y se pregonarÃa por las calles, lady Dedlock, y no serÃa usted la única perjudicada, usted contra la cual no tengo animosidad ninguna, sino su marido, lady Dedlock, su marido, a quien me debo en absoluto.
Según avanza, se expresa con más claridad, pero luego continúa diciendo sin que nada revele en su voz o en sus ademanes la menor agitación: