La Casa lugubre
La Casa lugubre —Entonces ¿por qué —pregunta ella en voz baja, y sin apartar su sombrÃa mirada de esas estrellas distantes— no me deja usted marcharme?
—Precisamente por él, lady Dedlock. No necesito recordarle su orgullo y la fe profunda que tiene puesta en su honra: la caÃda de la luna, milady, le sorprenderÃa menos que la de usted como esposa suya.
Respira una o dos veces, rápida y profundamente, pero permanece impávida como siempre la ha visto entre las personas más distinguidas.
—Le aseguro, lady Dedlock, que en otro tiempo hubiera intentado arrancar de raÃz el más antiguo de los árboles del bosque antes que tratar de conmover la confianza que inspira usted a sir Dedlock, pero en la actualidad vacilo aún, no porque pueda dudar, que ello ya no cabe entre las posibilidades, sino porque no sabrÃa prepararle para un golpe tan terrible.
—No cree usted que mi fuga… Piénselo de nuevo.
—Su fuga, lady Dedlock, desvelarÃa toda la verdad, y absolutamente toda la verdad al mundo entero. Eso serÃa perder el honor de la familia, lady Dedlock. No hay ni que pensarlo siquiera.
La firmeza con que da esta respuesta no admite objeción.