La Casa lugubre
La Casa lugubre —Entonces, Esther, cuando me preguntaste si Boythorn estaba casado —prosiguió—, y te contesté que habÃa perdido a su novia, muerta para él como para el mundo, y que esa época habÃa tenido gran influencia posteriormente en su vida, ¿sabÃas quién era la mujer de quien hablaba?
—No, tutor —respondà aterrada ante lo que aquella pregunta me hacÃa entrever—. Ni lo sé todavÃa.
—Era la hermana de lady Dedlock.
—Y ¿por qué —pude apenas preguntarle—, por qué, tutor? Le ruego que me lo cuente, ¿por qué se separaron?
—Fue decisión suya y se guardó los motivos en su duro corazón. Mi pobre amigo hizo mil conjeturas en su desesperación, y supuso que se habÃa sentido desmesuradamente herida en su orgullo por culpa de una disputa con su hermana. Pero le escribió que desde la fecha de esa carta no existÃa para él (como asà sucedió finalmente) y que la decisión la comprenderÃa gracias a su conocida dignidad y estricto sentido del deber, que eran también su naturaleza. Considerando esas cualidades dominantes en él, y también considerándolas en ella, hacÃa ese sacrificio, decÃa, y vivirÃa y morirÃa en él. Me temo que hizo ambas cosas. Desde luego, él nunca la verÃa ni sabrÃa de ella desde ese momento. Ni lo hizo nadie.