La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Ay, tutor! Pero ¿qué he hecho? —exclamé cediendo a mi pena—. ¡Cuántos disgustos he causado sin querer!
—¿Que tú has causado, Esther?
—Sin querer, tutor, pero no hay duda. Esa hermana recluida es mi primer recuerdo.
—No, no —dijo el señor Jarndyce, estremeciéndose.
—SÃ, tutor, sÃ, era ella, y su hermana es mi madre.
Hubiera querido decirle todo lo que contenÃa la carta de mi madre, pero se negó a escucharme por entonces al menos. Me habló con tanta prudencia y bondad, y me mostró con tanta sencillez todo lo que habÃa pensado por mà misma de manera imperfecta y esperado con mi mejor ánimo que, llena de una ferviente gratitud hacia él durante tantos años, me pareció que nunca habÃa sentido tanto amor hacia él como en aquel momento, que nunca se lo agradecerÃa de corazón tanto como esa noche. Y cuando me acompañó hasta mi cuarto, donde me dio un beso en la puerta, pensé antes de dormirme cómo podrÃa ser lo bastante diligente, cómo podrÃa ser lo bastante buena, cómo, a mi humilde manera, podrÃa olvidarme lo bastante de mà misma, y ser lo bastante útil para los demás, para mostrarle cuánto lo bendecÃa y lo honraba.