La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—… velaré por esa familia, en cuanto me lo permitan las circunstancias, y si llega una ocasión en que pueda tenderle una mano o prestarle el menor servicio, puedes estar segura de que lo haré por amor a su hija.

Le di las gracias, con todo mi corazón, e iba a retirarme cuando me suplicó que aguardase un momento. No sé qué expresión había en su rostro, pero me pareció adivinar vagamente el objeto del que quería hablarme.

—Pienso hace mucho tiempo en un proyecto que deseo proponerte —me dijo mi tutor.

—¿Qué proyecto, tutor?

—Me costaría algún trabajo decírtelo de viva voz y, como es necesario exponerlo francamente, y, sobre todo, es necesario que lo comprendas con claridad, te lo escribiré si me lo permites.

—Como usted quiera, tutor. Siempre aceptaré cuanto me proponga usted.

—Veamos —me dijo con su alegre sonrisa—, ¿soy en este momento el mismo que has visto siempre? ¿Tan franco, tan bondadoso y tan anticuado como acostumbro ser?

—Sí —respondí con toda seriedad.

Había pasado el primer momento de vacilación y recobrado toda su actitud fina, sensible, cordial y excelente.


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