La Casa lugubre
La Casa lugubre Y dije a mi tutor lo que me habÃan hecho suponer las intenciones del señor Guppy, cuyo silencio me parecÃa, sin embargo, haber quedado asegurado desde nuestra última entrevista.
—Bueno —dijo mi tutor—. Entonces podemos descartarlo por el momento. ¿Quién es la otra?
Estaba menos tranquila pensando en la doncella francesa de mi madre y en las apremiantes ofertas que me habÃa hecho de entrar a mi servido.
—Vaya, es más de temer que el joven —convino mi tutor, con aire pensativo—. Sin embargo, era natural que buscase colocación. Os habÃa visto a Ada y a ti poco tiempo atrás y era normal que le vinieseis a la mente. Simplemente se propuso como doncella, ¿no? No hizo nada más.
—¡Pero tenÃa un comportamiento tan extraño!
—Confieso que encontré realmente raro eso que hizo de quitarse los zapatos cuando el terreno estaba todavÃa empapado de lluvia. Sobre todo me llamó la atención la sangre frÃa que puso en un hecho que podÃa costarle la vida, pero serÃa una locura hacer caso de una multitud de circunstancias que, por ser inexplicables, resultan más intrigantes. TranquilÃzate, mujercita, y acalla tu inquietud en beneficio de la persona misma por quien te alarmas. Ahora que comparto tu secreto…
—… y alivia tanto mi carga, tutor… —dije.