La Casa lugubre
La Casa lugubre Me pregunté, con inquietud, si esperaba una carta mÃa en contestación a la suya. Lo intenté una y otra vez en mi cuarto por las noches, pero no podÃa escribir una respuesta que lo satisficiese, asà que cada noche pensaba que esperarÃa un dÃa más. Y esperé siete dÃas más, y él nunca me dijo ni una palabra.
Por fin, cuando se fue el señor Skimpole, un dÃa en que debÃamos salir a caballo, me vestà deprisa y bajé antes que Ada. El señor Jarndyce estaba en la sala y miraba por la ventana. Se volvió cuando entré y me dijo sonriendo:
—¡Ah! ¿Eres tú, mujercita?
Y continuó mirando lo que parecÃa llamar su atención.
Ya me habÃa decidido a hablar con él. En pocas palabras, habÃa bajado a propósito.
—Tutor —le dije, temblando—, ¿cuándo quiere que conteste a la carta que le entregó a Charley?
—Cuando esté lista la contestación.
—Lo está hace mucho tiempo —le dije.
—¿Y debe entregármela Charley? —añadió en tono jovial.
—No, tutor: he aquà la contestación.