La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Fui débil, lo sé, y no hubiese debido tener una razón para llorar, pero derramé una lágrima sobre su querido rostro, y otra y otra más. Más débil todavía, saqué las flores marchitas y se las puse un instante a sus labios. Pensaba en el amor que le tenía a Richard. ¿Qué había de común entre aquel amor y mis flores? Volví a entrar en mi habitación, las acerqué a la vela, y un instante después no eran más que un poco de ceniza.

A la mañana siguiente, cuando entré en el comedor a la hora del desayuno, me encontré a mi tutor, quien me recibió con su rostro habitual, y cuyas maneras libres de toda incomodidad me tranquilizaron completamente. Varias veces me quedé sola con él durante aquella mañana y pensaba, naturalmente, que aprovecharía alguna de aquellas ocasiones para hablarme de su carta. Sin embargo, no hizo la menor alusión a ella.

Tampoco a la mañana siguiente, ni a la siguiente, ni por lo menos durante una semana, tiempo durante el cual prolongó su estancia el señor Skimpole. Esperaba cada día que mi tutor me hablara de la carta, pero nunca lo hizo.




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