La Casa lugubre
La Casa lugubre Entonces empecé a pensar, mientras me arreglaba el pelo ante el espejo, cuántas veces había considerado en mi fuero interno que las hondas huellas de mi enfermedad y las circunstancias de mi nacimiento eran solo nuevas razones por las que mantenerme ocupada, ocupada, ocupada…, útil, bondadosa, servicial de todas las maneras honestas y sinceras. ¡Qué buen momento, sin duda, para quedarme sentada morbosamente y ponerme a llorar! En cuanto a que me pudiera parecer completamente extraño al principio (si eso hubiese sido una excusa para llorar, que lo no era) ser algún día la señora de la Casa lúgubre, ¿por qué iba a serlo? Otras personas habían pensado así, aunque yo no. «¿No recuerdas, mi tersa amiga —me pregunté mirándome al espejo—, lo que la señora Woodcourt dijo antes de que tuvieras estas cicatrices, que si te casabas…?»
Tal vez el nombre que acababa de pronunciar trajo a mi memoria, de pronto, aquellas flores marchitas que guardaba… No eran ya más que el agostado recuerdo de un pasado que no volvería jamás… Sin embargo, era mejor no conservarlas.
Fui a buscar, en el saloncito que separaba mi habitación de la de Ada, el libro donde las había puesto. Cogí una vela y me fui en silencio a sacarlas de su estante. Cuando las tuve en la mano, vi a mi querida Ada por la puerta que estaba entornada. Dormía y me acerqué a besarla.