La Casa lugubre
La Casa lugubre Poco después me miré en mi viejo espejo, y vi mis ojos rojos e hinchados y me dije: «¡Esther, Esther, pero puedes ser esa!». Ante tales reproches me fue preciso hacer un violento esfuerzo para no derramar nuevas lágrimas, pero le levanté un dedo y las contuve.
«¡Esa se acerca más al aspecto sereno con el que me consolaste, querida, cuando me mostraste ese gran cambio!», dije comenzando a soltar mi cabello. «Una vez señora de la Casa lúgubre será obligatorio que estés siempre alegre, Esther; tendrás motivos para estarlo. Empieza, pues, desde ahora.»
Seguí con mi cabello, con mayor tranquilidad. Sollocé algunos momentos más, únicamente como consecuencia de mi pasado llanto.
—Ya soy dichosa para siempre —pensaba—, rodeada de buenos amigos en una casa, mi propia casa, con la facultad de poder hacer mucho bien y con el cariño del mejor de los hombres.
Me pregunté enseguida qué es lo que hubiera sucedido si el señor Jarndyce se hubiese casado con otra, y este pensamiento me hacía entrever mi felicidad bajo un nuevo aspecto. Tomé mi manojo de llaves, lo hice sonar alegremente, y lo volví a colocar en la canastilla, después de besarlo.