La Casa lugubre
La Casa lugubre Tal era en sustancia aquella carta escrita con una dignidad afectuosa y con la imparcialidad de un tutor que expone a su pupila el requerimiento de un extraño y la deja en completa libertad de aceptar o no.
Pero no decía que, en una época en que mi rostro tenía toda su lozanía, se había abstenido de hacerme semejante proposición, que ocupaba ya su pensamiento; que la alteración de mis facciones y el descubrimiento de mi nacimiento no había disminuido su cariño, y que no me había ofrecido su nombre y su fortuna hasta el día en que, sin belleza, no tenía más herencia que el oprobio.
Pero lo comprendía, lo comprendía muy bien. Me vino a la mente que era el broche de la benévola historia que había estado buscando, y sentí que no había sino una cosa que hacer. Consagrar mi vida a su felicidad era agradecérselo apenas, y ¿qué hubiese podido desear la otra noche sino una nueva manera de agradecérselo?
Lloré aún más, no solo al leer la carta, no solo por la extraña propuesta (porque me resultaba extraña a pesar de que me esperase ese contenido), sino como si hubiese perdido indefinidamente algo para lo que no tenía un nombre ni una idea precisa. Era muy feliz, estaba muy agradecida, muy esperanzada, pero lloré mucho.