La Casa lugubre
La Casa lugubre No era una carta de amor, aunque se reconocía en cada página la emoción que la había inspirado. Veía su cara, y oía su voz, y sentía la influencia de sus modales amables y protectores. Se dirigía a mí como si hubiésemos trocado los papeles, como si el agradecido hubiese sido él y yo la bienhechora. Me decía que yo era joven y que él ya no lo era; insistía sobre sus canas y me invitaba a reflexionar, formalmente, antes de decidirme. Me decía que nada podía ganar con aquel matrimonio, pero tampoco podía perder nada negándome a darle mi consentimiento. El cariño que me profesaba no podían aumentarlo nuevos lazos, y cualquiera que fuese mi respuesta él habría de aceptarla como la acertada. Pero había creído que debía ofrecerme aquella nueva posición, después de la confidencia que le había hecho últimamente, aunque no fuera nada más que para refutar el anatema que habían lanzado contra mi nacimiento. Era la última en saber cuánta felicidad podía concederle, pero de aquello no dijo nada más, porque yo siempre había de recordar que no le debía nada y que era él mi deudor, y en gran medida. A menudo había pensado en nuestro futuro y previendo que llegaría el momento, y temía que podría llegar pronto, en que Ada (ahora muy cerca de la edad) nos dejara, y en que nuestro actual modo de vida debía ser interrumpido, se había acostumbrado a reflexionar sobre esta propuesta. Así que la hacía. Si creía que podía darle un derecho mayor al que había tenido al ser mi protector, y si creía que podía llegar a ser feliz y razonablemente la querida compañera de lo que le restaba de vida, por encima de todos los percances y de todos los cambios exceptuando la muerte, ni siquiera entonces quería que me atase de manera irrevocable cuando el contenido de esa carta era todavía tan nuevo para mí, incluso entonces debía tener tiempo suficiente para reconsiderarlo. En ese caso, o en el caso contrario, quería que se mantuviese inalterable nuestra anterior relación, nuestras anteriores costumbres, el anterior nombre con el que lo llamaba. Y sabía que su luminosa dama Durden y amita de llaves sería la misma de siempre.