La Casa lugubre

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—Decía, señorita Summerson, que, en calidad de consejero legal del señor C., he llegado a saber que era bastante apurada la posición pecuniaria de ese joven, no por lo que hace referencia al importe exigible, sino porque la deuda es apremiante y son harto limitados los medios del señor C. He evitado durante algún tiempo el proceso con que lo amenazaban, pero todo tiene sus límites y he llegado al último extremo de lo posible. He pagado de mi bolsillo algunas pequeñas cantidades que he de cobrar, forzosamente, porque no soy rico y he de mantener a mi anciano padre en el valle de Taunton, por no hablar de los deberes que me impone el porvenir de mis tres hijas. No veo cómo puede salir el señor C. del asunto en que se ha engolfado, a no ser que obtenga el permiso de vender su nombramiento de oficial, lo cual en todo caso me he creído en el deber de anunciarlo a su familia.

El señor Vholes, que me había estado mirando mientras hablaba, volvió a sumirse en el silencio que apenas si se podía decir que hubiera roto dado el tono tan ahogado en el que hablaba, y miró frente a sí de nuevo.

—Figúrate al pobre, sin tener ni siquiera la paga de oficial —me dijo mi tutor—, ¿qué será de él? ¡Pobre muchacho! Ya lo conoces, Esther. No aceptará nunca nada de mí, y hacerle un ofrecimiento sería exasperarlo aún más. ¿Ves tú algún medio?


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