La Casa lugubre
La Casa lugubre —La observación del señor Jarndyce, es, desgraciadamente, de una exactitud rigurosa —opinó el señor Vholes, dirigiéndose a m×. No veo que pueda hacerse nada para cambiar la situación actual, ni creo que pueda intentarse algún medio, no. He venido únicamente para informarle de una manera confidencial de la posición en que se encuentra el señor C., para que se sepa dónde está y adónde va, pues tengo la costumbre de obrar con franqueza en los asuntos y mi único deseo es legar un nombre sin mancha a mis hijas. Si no hubiera consultado más que mis propios intereses, me hubiese abstenido de dar este paso que no tiene nada de oficial y excede a mis atribuciones. Me atreverÃa a decir que se me ha de considerar como personalmente ajeno a esta cuestión. No es una cuestión profesional. No se le puede cobrar a nadie. Solo me interesa como individuo de la sociedad, como padre de familia que soy… e hijo —dijo el señor Vholes, que estuvo a punto de olvidarse de ello.
No nos cabÃa la menor duda, desgraciadamente, acerca de la verdad de las palabras del señor Vholes sobre la posición de Richard. Solo podÃa sugerir que debÃa ir a Deal, adonde habÃan destinado entonces a Richard, y verlo y tratar, en lo posible, de evitar lo peor. Sin consultar al señor Vholes a este respecto, me llevé a mi tutor aparte para proponérselo, mientras el señor Vholes se acercaba sombrÃo al fuego para calentar sus guantes fúnebres.