La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Después de conminarle dos o tres veces, Jo levanta la cabeza de nuevo, mira a su alrededor de nuevo, y dice en voz baja:

—Bueno, le contaré algo. Me sacaron de allí a la fuerza. ¡Eso!

—¿Te sacaron? ¿De noche?

—¡Ay!

Jo, temiendo que lo escuchen, mira a todos lados con evidente inquietud e incluso mira diez pies por encima de la valla y por sus agujeros, como si la persona objeto de su terror pudiese ocultarse en aquel lugar.

—¿Quién te sacó de allí?

—No debo nombralo —dice Jo—. No debo, caballero.

—Necesito saberlo y te lo pido en nombre de aquella señorita. Nada temas, no lo repetiré y nadie puede oírte.

—¡Oh, sí, sí! —dice Jo, moviendo enajenado la cabeza—. Él lo sabría enseguida.

—No es posible, no está aquí.

—¿No sabe usted —dice Jo— que está en todas partes a un mismo tiempo?

Allan lo mira con asombro. Pero se convence de la sinceridad del pobre muchacho, espera con paciencia una respuesta más explícita, y Jo, vencido por la amabilidad del doctor, murmura en voz baja, por fin, un nombre a su oído.


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