La Casa lugubre
La Casa lugubre —Pero ¿qué habÃas estado haciendo? —dice el señor Woodcourt.
—Nada, señor. Nunca he hecho nada para que me prendan, menos eso de no avanzar y eso del interrogante, y, además, porque estaba en la calle sin avanzar, pero ya no estaré sin avanzar, porque avanzo hacia el cementerio.
—No, no. Procuraremos que no vayas al cementerio. Pero, dime, ¿adónde te llevaron?
—Al hospital, donde estuve mucho tiempo —responde Jo en voz baja—. Después me dieron cuatro medias monedas, medias coronas de esas y me dijeron: «Nada tienes ya que hacer aquÃ; vete pronto, y no te detengas; avanza; procura que no te encuentre más a cuarenta millas de Londres, pues de lo contrario sabrÃas quien soy yo». ¡Si me encontrara aquÃ! —continúa Jo, mirando con inquietud y terror.
Allan recapacita un momento, y después observa, volviéndose hacia la mujer, pero manteniendo una mirada de aliento en Jo:
—Es menos ingrato de lo que suponÃa usted. No fue culpa suya, tenÃa una razón poderosa para marcharse.