La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Gracias, señor, gracias! —exclama Jo—. ¿Ve usted ahora, Jenny, como yo no tenía la culpa? Pero no crea que estoy enojado por eso. Solo le pido que le diga a esa señorita lo que ha dicho este caballero, y no estaré ofendido porque habrá usted sido buena conmigo. ¿Lo ve? Todo queda olvidado.

—Jo —dice Allan, que continúa mirándolo—, ahora ven conmigo y te llevaré a un sitio donde estarás mejor que aquí. No tengas miedo si voy por un lado de la calle mientras tú vas por el otro para no llamar la atención, ¿me prometes que no huirás? ¿Cuento con tu palabra?

—Sí, señor, no huiré a no ser que le vea.

—Bien. Sígueme, pues. La mitad de la ciudad está ya levantada, y dentro de una hora todo el mundo estará despierto. Adiós, buena mujer, adiós.

—Buenos días, señor, y gracias por su bondad.

La mujer ha estado sentada sobre su saco muy atenta y ahora se levanta y se lo coloca.

—Diga a esa señorita que yo no pensaba hacerle ningún mal, y no deje usted de contarle lo que ha dicho este caballero —repite el pobre Jo, entre cabeceos, arrastrar de pies y escalofríos, manchas y guiños, alejándose de la mujer, después de despedirse de ella, medio riendo y medio llorando.


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